El término slopagandista es nuevo. Suma dos rasgos clave del ecosistema mediático: la slop -basura informativa producida en masa, rápida y barata- y la propaganda. No se trata de desinformación clásica, sino de un nuevo tipo de “periodismo” diseñado para agradar al algoritmo antes que al lector o a la verdad.
Los slopagandistas suelen presentarse como “periodistas independientes”, lo que es falso. Operan desde YouTube, TikTok o X, armados con un teléfono inteligente, una narrativa indignada y empujando contenidos que maximizan clics y viralidad. Su objetivo es exagerar conflictos y simplificar realidades complejas. Sus videos nunca superan el minuto de duración. Para estos influencers, la precisión de los hechos es secundaria, porque la emoción es central. Aunque en Chile, esta moda no ha llegado, sin duda será adaptada.
El fenómeno no es nuevo. A fines del siglo XIX, la llamada prensa amarilla se hizo fuerte en Estados Unidos y luego el mundo. Explotaba el sensacionalismo y la indignación para vender más ejemplares. Hoy, el slopagandista cumple un rol análogo, pero con una diferencia crucial: saben de datos. Mientras la prensa amarilla intuía qué podía atraer lectores, el nuevo creador digital dispone de métricas en tiempo real, tasas de abandono, comentarios y compartidos.
Este nuevo periodismo amarillo es especialmente problemático cuando se alinea con el poder político. Aunque muchos slopagandistas se autodefinen como antisistema, su trabajo suele coincidir con los intereses de gobiernos y partidos. Se benefician de la polarización y la movilización emocional, que es el manjar de los algoritmos.
“El problema de fondo no es la existencia de voces alternativas ni el fin del monopolio informativo de los medios tradicionales. Es la ausencia de límites: sin estándares editoriales, sin corrección de errores y sin responsabilidad pública”, concluye un artículo de The Verge.
Análisis de actualidad realizado por Comsulting, expertos en comunicación estratégica y gestión de crisis.

